Así publica la Tribuna diario La Rioja: Falaz milenio
Cuando, hace apenas unas horas, acaba de consumirse la primera década del tercer milenio, parece razonable, a modo de balance provisional, un repaso a lo acontecido durante su decurso. Tampoco vendría mal, Lunita, una comparativa de urgencia con lo que en su día supuso el tránsito del primer al segundo milenio. Retrocedamos, por tanto.
Del año mil -instalado todavía en los conocidos como siglos oscuros- no abundan documentos fidedignos. No obstante todos los medievalistas coinciden en que el acercamiento al segundo milenio se vivió bajo la traumática certeza de que se avecinaba el final de los tiempos. Tal clima apocalíptico -auspiciado hasta la paranoia por la omnipresente Iglesia oprimía a todos los estratos sociales. Como siempre, los de abajo sufrían más duramente tal opresión. La idea de la vida más allá de la muerte encontró así fecha referencial en ese año mil que se iba acercando con los más escatológicos presagios- fin del mundo, Juicio Final con toda su trompetería y posterior ubicación de justos y pecadores en sendos lugares igualmente espantosos. Si en uno te esperaba (por tu mala cabeza) toda una eternidad de quemaduras generalizadas de tercer grado -que ya es putada-, en el otro, el estimado como premio a tu bondad en vida (o sea, a tu mansedumbre), se te garantizaba otra eternidad de aburrimiento contemplativo y de adulación al mandamás, a base de cantar sus alabanzas tañe que tañes la lira.
Pero transcurrió el terrorífico año mil y no ocurrió ningún cataclismo. Nada que no tuviera su origen en la maldad humana o en las ausencias generalizadas de higiene, de asepsia y de alimentación básicas; esas tres carencias que son compañeras inseparables de la pobreza. Sin embargo, el pesado muro de carga del pequeño templo románico fue adelgazándose poco a poco y conquistando las alturas -gracias al contrafuerte primero y más tarde al arbotante- y las vidrieras de las catedrales dejaron por fin pasar la luz del sol en todo lo alto. La inteligencia del hombre se adornó de pensamiento abstracto, de reflexión crítica, de emoción estética y de autoestima; y así, al tiempo que las grandes catedrales, emergieron Erasmo y Leonardo… Y más tarde Velázquez y Bach y Shakespeare y Cervantes y Mozart y el impresionismo y los derechos de los trabajadores y el Jazz y Hitchcock y las dos Hepburn (Katherine y Audrey)…
El siglo veinte (ya sabes «…cambalache, problemático y febril») se fue apagando con toda su secuela de revoluciones, conflagraciones mundiales, crack financieros, genocidios, dictaduras, contrarrevoluciones, pandemias, guerras frías y viejos y nuevos fanatismos exacerbados.
Así fue como nos pudimos asomar por fin al otro lado del muro (ese que había dividido a un pueblo durante medio siglo y que había mantenido drásticamente separados dos modelos irreconciliables de sociedad). El sueño de los Estados Unidos de Europa cobraba visos de realidad al tiempo que surgía una moneda única para el viejo continente. Los políticos dibujaban en el horizonte inmediato la Sociedad del Bienestar y los gurús de la informática daban la bienvenida a la Sociedad del Conocimiento. Así que el tercer milenio vino precedido de los mejores auspicios ¡Puta madre!
En tan buena disposición traspusimos el umbral del siglo veintiuno besándonos como locos, con fondo de cohetería en íntima confusión con los mil estampidos del descorche descontrolado de champán… ¡Y de súbito otros estampidos bien distintos! -Los que producían tres aviones de gran tamaño estrellándose contra dos rascacielos y contra el icono por antonomasia de la defensa USA, repletos de seres humanos-. De pronto otra vez la implacable realidad que creíamos haber dejado atrás. Renovados fanatismos alimentando el terror y tiñendo de sangre los andenes madrileños. Y un nuevo enemigo (el más atroz); alguien que se destruye a sí mismo para conseguir matarte a ti. Y las religiones, que se desvelan absolutamente inútiles, salvo cuando alimentan las teocracias más feroces. Y las nauseabundas guerras preventivas. Y el capitalismo, que -libre ya de los contrapesos incómodos del pasado- nos muestra su verdadero y asqueroso rostro. Los países más ‘pringaos’ ya no tenemos que temer a las divisiones acorazadas de los más poderosos disponiéndose a machacarlos. A los fuertes les basta para tenernos cogidos por las pelotas simplemente con comprar nuestra deuda al precio que quieran. Los derechos de los trabajadores se desvanecen por un motivo que nadie se esperaba, el de que ya apenas van quedando trabajadores. En esta cacareada Sociedad del Conocimiento nadie conoce las auténticas razones de lo que está pasando. La Sociedad del Bienestar, en fin, ha dejado paso a la de «estar bien… jodidos». Y, por si fuera poco… ¡Belén Esteban! ¡¿Hay quien dé más?!
No conviene tomarse al pie de la letra los auspicios que preceden a los cambios de milenio. Luego, Lunita, siempre te salen por peteneras.